Me arranco las uñas
Hay una palabra que llevo semanas asomando por aquí y que quiero por fin decir entera: HUIDA.
No hablo de las huidas que preocupan a todo el mundo. No hablo del que bebe demasiado, del que se juega el sueldo, del que se descontrola. Esas se ven, y por eso se atienden.
Hablo de las otras. De las que no se suelen recriminar… Las respetables.
Llenar la agenda hasta que no quepa un hueco, y saber que eres importante por ello. Coger el móvil en cuanto hay tres segundos de silencio. Trabajar el domingo por la tarde porque el lunes hay reunión. Encender la tele y dejar pasar dos horas que no recuerdas. Estar siempre haciendo algo útil, productivo, sensato.
Nadie te dirá nada. Incluso puede que hasta te aplaudan por lo trabajador que eres, lo activo, lo entregado. Y justo por eso son las más difíciles de ver. Porque vienen disfrazadas de virtud.
Yo las conozco todas. Me siguen tentando casi a diario…
Hace tiempo aprendí algo que lo cambió todo, y es lo único que de verdad quiero dejarte hoy.
Te pongo un ejemplo, y no precisamente bonito. Desde siempre me arranco las uñas. No me las muerdo, me las voy arrancando con los dedos, poco a poco. Lo he hecho toda la vida. Y todavía lo hago.
Durante años lo hacía en piloto automático, sin enterarme. A veces me dejaba el dedo en carne viva y me hacía daño. Y entonces, justo entonces, se reunía la Corte Suprema de Justicia: me caían todos los jueces encima. Con lo respetable y profesional que eres, y mírate las manos. Así, ¿quién crees que te va a tomar en serio? El juez de dentro y los de fuera (pareja, padres…), todos a la vez.
Ahora es distinto. No he dejado de hacerlo. Pero me pillo en el instante exacto en que empiezo. Y en vez de reñirme, lo miro: vale, hay algo que me está estresando ahora mismo, y lo estoy soltando por aquí. Cuido de no hacerme daño en el dedito, y de paso le pongo cara y ojos al estrés del momento, y luego sigo… Sé que no es la forma más elegante de drenar la tensión. Pero no me castigo por ello. Me doy cuenta, y eso ya lo cambia todo.
Y con las huidas disfrazadas de virtud hago lo mismo: las pillo, las miro a la cara y las interrogo. Te aseguro que me dan información muy valiosa y me traen de vuelta al presente. Y desde ahí ya puedo elegir: las dejo pasar, o las invito amablemente a volver más tarde.
Darse cuenta no es para castigarse. Es para volver, apagar el piloto automático y, de paso, mandar al juez a casa.
Porque la trampa no es tener huidas. Las tenemos todos. La trampa es el juez que viene detrás, que te hace sentir tan mal por huir que prefieres no mirar… y seguir huyendo, sutilmente, cada vez un poquito más.
Y si no las miras, no vuelves.
Así que antes de pedirte que mires tus huidas, que lo haré, quiero decirte que yo tuve miedo de verlas también, pero he aprendido que mirarlas no va de ponerme una multa. Va de aprender a volver, una y otra vez, con un poco de amabilidad.
Esto, cambia más que cualquier látigo.

Jorge Cebrián De Irueta
Directivo de operaciones. Construyo Habita Tu Tiempo, un entrenamiento de presencia para directivos.