Le enseñé a no contar conmigo
Mi hijo dejó de pedirme que jugara con él.
Antes insistía. “Papá, ven.” Y yo, casi siempre, “ahora voy”, ese “ahora” elástico que los dos sabíamos que no llegaba. Un correo más. Una llamada más. Cinco minutos que eran veinte.
Hasta que dejó de pedirlo.
Y lo primero que sentí, para mi vergüenza, fue alivio. Una cosa menos tirando de mí. Podía trabajar tranquilo.
Tardé en entender lo que había pasado de verdad. Un niño no deja de pedir porque se le pase la gana. Deja de pedir cuando aprende la respuesta. Cuando “ahora voy” se ha repetido las veces suficientes como para que dejes de creértelo.
Le había enseñado, sin querer, a no contar conmigo para eso… ¿y qué más?…
Nadie te avisa de este momento. No sale en ningún panel, no hay una alarma. Es silencioso. Tu hijo simplemente se gira hacia otro sitio, y tú estás tan ocupado que ni lo oyes girarse.
Lo peor no es perderte una tarde de juego. Es que esas tardes, sumadas, son la relación. No hay una versión concentrada para el futuro, un “ya tendremos tiempo” cuando las cosas se calmen. Las cosas no se calman. Y ellos crecen a la velocidad a la que tú dices “ahora voy”.
Volví a jugar con él. Costó, porque ya no me lo pedía; el que tuvo que insistir fui yo. Pero volvió.
No te escribo esto para que te sientas mal. Te lo escribo porque a mí me habría gustado que alguien me lo dijera antes.
¿Y tú, has enseñado a alguien, sin querer, a no contar contigo?

Jorge Cebrián De Irueta
Directivo de operaciones. Construyo Habita Tu Tiempo, un entrenamiento de presencia para directivos.