La risa de mi hijo me molestaba
Los que más quieres, molestándote
Este verano me pasó algo que hasta me da un poco de vergüenza contar.
Era el final de la tarde, el sol suave, el sitio donde más feliz soy: nuestro lago de siempre. Mi hijo jugando con las piedras al lado, mi marido cerca. Y yo… no estaba.
Estaba con la cabeza en otro sitio, en esa niebla en la que uno funciona… pero no vive.
Y entonces saltó la alarma. Pero no como te imaginas.
Fue la risa de otro niño, unos metros más allá. Ese sonido me trajo de vuelta un segundo, y solo entonces me di cuenta de algo que llevaba rato pasando sin que yo lo supiera: la risa de mi hijo me estaba molestando. Y la presencia de mi marido, también. A la vez.
Las dos personas que más quiero en el mundo. Molestándome 🫣
Estaba tan ausente que ni el malestar había notado. Hizo falta que mi cerebro registrara el sonido de la risa de otro niño para darme cuenta de que la del mío llevaba rato estorbándome.
Y eso, que cuesta hasta escribirlo, fue lo que me salvó la tarde… Sí, porque en el instante en que lo noté, supe, sin pensarlo, sin razonarlo, que el problema no eran ellos. Era yo, que no estaba.
Esa molestia fue EL AVISO. No un reproche, sino una alarma que me decía: te has ido, vuelve.
Así que volví. Y volví afirmando lo que era verdad: que yo había elegido estar ahí, con los míos, en ese lugar. Lo dije en voz alta, casi sin pensar: “qué privilegiados somos de vivir aquí y poder venir cada final de la tarde a bañarnos y disfrutar de la naturaleza en este lago”.
Mi marido me miró y sonrió, sin decir nada. Y yo me metí en el juego de mi hijo: a ver quién hacía más rebotes con las piedras sobre el agua. Su risa, la misma que 5 minutos antes me molestaba, ahora no me quería perder ni una.
Y en cuanto a la molestia… no resolví nada en ese momento. No entendí de dónde venía el malestar, ni falta que hacía. Solo volví al sitio que yo mismo había elegido.
Y aquí está lo que de verdad quería contarte.
Después de volver, el resto de la tarde se enderezó sola. Y eso que no había querido mirar, de dónde venía el malestar, apareció más tarde por su cuenta, sin esfuerzo, aterrizó en mi cabeza tranquilo, cuando ya estaba en condiciones de escucharlo.
No tuve que perseguirlo. Vino solo, cuando dejé de huir.
Casi siempre creemos que primero hay que entender lo que nos pasa para poder estar bien. Y es al revés. Primero vuelves, habitas el tiempo que ya es tuyo. Lo de entender llega después, y llega más fácil de lo que crees.

Jorge Cebrián De Irueta
Directivo de operaciones. Construyo Habita Tu Tiempo, un entrenamiento de presencia para directivos.