Cargar, no descargar
El sábado cenamos en casa de unos amigos. De esos con los que estás tan a gusto que se te va la noche sin enterarte. Y claro, ¿qué pasó? Lo típico: que cuando estoy así de bien, y hay comida delante, no sé parar; pero lo gracioso es que me doy cuenta. Me veo cogiendo otro pedazo sin hambre ninguna, solo por seguir. Me pillo, me río, y hago una amable caricatura de mí mismo con mis amigos, y nos reímos todos… Pero sigo igual.
Volví a casa pesado, y dormí regular.
A la mañana siguiente tocaba lo de cada día: sacar a los perros, que tienen que hacer sus cosas y moverse. Mi hijo se vino, un poco a regañadientes, que ya apretaba el calor. 5 kilómetros por el mismo monte de siempre.
Y volvimos los dos felices. Llenos, pero de otra cosa.
El plan apetecible me había dejado vacío; la obligación, lleno. Y ya me lo conozco.
La diferencia estaba en dónde estaba yo. En la cena, comiendo sin parar, no estaba: me aferraba a un rato bueno para que no se acabara, llenándome la boca para no soltarlo. En el monte, en cambio, estaba entero. Mi hijo me iba contando lo que había hecho con sus amigos en el patio, y yo lo veía a todo color, como una película, cada cosa que me describía. Estaba ahí del todo: en su voz, en los perros, en el calor, en el aire.
Muchas veces pensamos que descansar es desconectar, soltar, vaciarnos. Y es justo al revés: llenarnos… cargar, en vez de descargar.
Cargar no es aferrarse a lo agradable y ansiar que no se acabe.
Es estar.

Jorge Cebrián De Irueta
Directivo de operaciones. Construyo Habita Tu Tiempo, un entrenamiento de presencia para directivos.